Seguidores de mis paranoias...

viernes, 13 de julio de 2018

Cómo conocí algunos pueblos de la frontera entre Navarra-Francia y me bañé en San Sebastián.

Madrid. Conversación un miércoles. Resumo muy resumido:

- ¿Qué te parece esto? Reservo tres habitaciones en una casa rural para no llenar la casa de mis padres con todos los hermanos y sus familias (13 hermanos) y solo vamos a ir dos y nos sobra una. Si solo son 70€ dos noches, pero hay algunos que no quieren pagarlo.
- ¿Y vais a perder la reserva o dinero?
- No, lo pagaremos entre mi hermana y yo y ya.
- ...¿está muy lejos tu pueblo?
- Cuatro horas.
- ¿Y si voy yo?

Así que el sábado cogí a la abuela y al bebé, los metí en el coche con los trastos de la playa mezclados con ropa de otoño y al norte que nos fuimos hasta el lunes. Cómo recorrer en coche unos 1400km en tres días con la maravillosa banda sonora de los Cantajuegos.

Y así es como conocí y dormí dos noches en Burguete (Navarra) tres días después de esa conversación.
He de decir que me encantan los pueblos con pocos habitantes, pero en especial los del norte de Navarra me encandilaron por sus casas enormes, sus colores, sus ventanas colocadas en lugares sin estrategia alguna aparente, sus cuidados jardines, la calle principal que cruza el pueblo y ya, sus imponentes y bastas iglesias en todo el centro del pueblo.

Sí, Burguete, Roncesvalles, Valcarlos, Espinal... son pueblos navarros encantadores cuya tranquila vida me transmitieron una serenidad que solo se veía mermada por las curvas de la carretera que serpenteaba atravesando la selva de Irati y los puertos de la frontera con Francia (visitamos también el pueblecito francés San Jean de Pie de Port).


Roncesvalles:



Valcarlos:



Espinal:



San Jean de Pie de Port (Francia):



Los tres días nos llovieron pequeñas tormentas, pero nada grave que no hiciese salir el sol un par de horas después y nos obligara a ponernos de nuevo los tirantes. Incluso ir a conocer San Sebastián (País Vasco) y alucinar con sus edificios escalando montañas, paisajes entre barquitos e islas y su extensa Playa de la Concha. Y cómo no, dejarnos los cuartos comiendo de pintxos pero disfrutando (en especial en el Baztan).

Y ya de vuelta a Madrid el lunes, pasamos por Olite (Navarra) a pasear por sus calles y comer de menú después de perdernos por su palacio. Y gracias al cansancio de la niña que durmió todas sus siestas en la carretera, permitió que recorriésemos cientos de kilómetros sin Cantajuegos.

Viajar con bebé te obliga a parar en pueblos y buscar zonas, parques, donde dejarla libre, y descubres rincones que no imaginarías. A parte de que lo ves todo más lento y eso provoca que pares a comprar algo para comer tú, o la niña, y ya pruebas cosillas que no tenías pensado o no sabías que existían. Así que sí, todo es mucho más enriquecedor.

Y bueno, espero que las fotos resumiendo ese fin de semana encantador sean suficientes. Me enamoré perdidamente de unos verdes y bastos paisajes, donde las carreteras pueden llegar a dar miedo pero el encanto de sus caminos y los peregrinos que los inundan, salvan cualquier obstáculo que una curva cerrada y un camioncito de frente pueda advenirte.



1 comentario:

Sildavia Viajes dijo...

Y como no enamorarse de paisajes verdes tan bonitos!!! te felicito por las fotos están de lujo, oye que bien la manera como enfocas el viajar por gusto con tu bebe, me parece fascinante... ¿Qué tal un viaje a Tailandia? o consideras que la niña esta muy pequeña... un besito desde lo lejos ;)