Seguidores de mis paranoias...

viernes, 3 de julio de 2015

Los niños y su inconmensurable inocencia

Durante los tres meses que duraron las prácticas en la Escuela Infantil, viví muchos momentos de risas y emociones. Lloré, reí y me desesperé en muchas ocasiones.
Más numerosas fueron las risas que las desesperaciones y, en cuanto a las lágrimas, eran de emoción, brotando varias veces en momentos únicos de felicidad y tristeza.
 
Intentaré relatar los mejores momentos que viví en esa escuela pública y la tristeza que sentí el último día...
 
Mi horario comenzaba a las 8h a.m. y terminaba a las 15h. Iba en horario ampliado y "daba" de desayunar a los niños. Durante los tres meses poco ayudé a darles los desayunos, pero sí sacaba de un apuro a las profesoras haciendo algunos cambios de pañal y control de esfínteres durante esa hora y entreteniendo con cuentos y canciones a los que no desayunaban o ya habían terminado, hasta las 9h que comenzaba el horario escolar.
Los primeros días me sentía muy desubicada porque los niños se pasaban la hora mirándome y pasaban de las profesoras, lloraban y les costaba desayunar. Me di cuenta que en los módulos del FP cada vez que en clase hacíamos algo práctico delante de nuestros compañeros no me sirvieron de mucho esas experiencias. La realidad siempre supera la ficción: los niños son super críticos y si se aburren ni te miran, no te evalúan diciéndote los fallos y las cosas que deberías mejorar. Y sentir que las profesoras que llevan allí toda la vida te están observando y van a decirle a la directora todo lo que hagas (y en estas cosas siempre se resaltan las cosas negativas), pues me sentía muy avergonzada la primera semana.
 
Lo bueno de esas edades tan tempranas es que cualquier cambio, por mínimo que sea, les llama la atención, así que por lo menos me lo pusieron fácil para coger la confianza requerida a la semana de estar ahí.
 
Mi primer "tierra trágame" fue a los dos días de estar allí, en el aula con los niños de 1-2 años. No me sabía ni los nombres de los niños (sólo un par), ni me sabía más canciones que la de La Brujita Tapita y la de Para dormir a un elefante, y cualquier otra no me venía a la cabeza...¿cómo pude ir sabiendo tan poco? Sabía un montón sobre desarrollo motor y la autonomía personal y actividades que hacer para mejorar el desarrollo de sus capacidades previa preparación del aula y materiales, pero no sabía cómo llamar la atención de los niños con las manos vacías y tampoco tenía en mente un repertorio de canciones y cuentos memorizados tan necesarios para entretenerles durante 5 minutos. ¡¡5 minutos!!
 
La tutora en una reunión y la de apoyo preparando la actividad de psicomotricidad en la sala de usos múltiples.
5 minutos sola con 16 niños (1 por encima de ratio, ya que hay dos profesoras y un niño venía por urgencia social) de 1-2 años.
 
A los 10 segundos de irse la profesora empecé a cantarles las dos canciones que me sabía. A los 30 segundos se estaban levantando y no había empezado la del elefante...
 
Me quedan 4 minutos y medio.
 
Mierda.
 
Miro a los lados, no había ninguna profesora que pudiera salvarme el culo así que... empecé a gritar, señalando al techo: ¡¡Mirad, miraaad!! Los niños miran.
 
¿Sabéis qué hay allí arriba? Los niños se sientan, me hacen caso cuando les estoy ayudando a hacerlo. Me miran y dicen que no.
¡¡Es un elefante!! Los niños flipan.
¿Y qué tiene...
 
Y así hasta que vino la profesora; supe salir del paso tuneando una canción a cuento y tal. Haciéndoles dos mil preguntas sin respuesta, aplaudiendo y haciendo ruiditos y poniendo caras. Fatal. Lo pasé fatal. Pero también me tranquilizó saber que a los niños, cualquier cosa, incluso tres palmadas, luego dos y luego cuatro, les llama la atención y te atenderán, callarán hasta que hagas algo distinto que les vuelva a llamar la atención el suficiente tiempo hasta que vuelve la profesora.

Así que a los dos días de estar allí, descubrí que el mejor recurso para entretener, enseñar valores, rutinas y animales/colores/etc. a los niños durante los tres meses era: LA IMAGINACIÓN E IMPROVISACIÓN. Y por suerte imaginación tengo mucha. Improvisar con los niños es obligatorio, porque tienen unas salidas....................................
 
Durante el mes y medio que estuve en el aula de 1-2 no tengo muchas anécdotas graciosas, más bien aprendí muchísimo de las dos profesoras y los niños me hacían ver la importancia de trabajar ciertos aspectos y comprobar las diferencias entre los niños de las familias que colaboraban con la escuela y las que no. POR FAVOR, PADRES DE HIJOS ESCOLARIZADOS EN ESCUELAS INFANTILES, LAS PROFESORAS TAMBIÉN QUIEREN LO MEJOR PARA VUESTROS HIJOS: COLABORAD. GRACIAS.
 
Durante ese mes y medio hicimos también una obra de teatro las de prácticas; ya no nos daba vergüenza así que fue sencillo. También vinieron unos ancianos del Centro de Día. Se disfrazaron de negro con sombreros y pañuelos de colores. Cantaron y bailaron y se mezclaron entre los niños, hablando con ellos, abrazándoles y comiéndoselos a besos. Ese día las lágrimas de educadoras, alumnas de prácticas y ancianos brotaron sin cesar. Era super emocionante ver el proceso de la vida en media hora, cómo los pequeños alucinaban con los ancianos y los ancianos rejuvenecían con los niños. Fue tan bonito que las lágrimas están a punto de salirme al recordarlo.
 
Cuando llegó mayo, cambié de aula. Me pasaron a 2-3, con los niños más mayores y ahí sí. Ahí sí. En 2-3 las anécdotas vienen solas. Y además fue mucho más sencillo porque contaba con lo aprendido el mes anterior y tenía mucha más soltura con los niños y también colaborando con las educadoras. Y a los 3 años tienen mucho que decir...y tuve suerte de estar en un aula donde la profesora les daba mucha libertad para todo, incluso los cuentos que leía, los variaba introduciendo a los niños, les preguntaba qué iba a suceder y continuaba el cuento con lo que ellos decían. Nos descojonábamos con algunas respuestas y entre risas intentaba meter otra historia que pegara con lo que el niño quería que pasara. Por ejemplo:

- Y la oruga glotona ¿qué más creéis que comió?
- Un huevo porque le gustan con aceite.
- Claro, el huevo con aceite, ¿a quién no le gusta?
- A mí sí, pero prefiero el jamón del abuelo.
- Es que el jamón del abuelo es lo mejor.
- Sí, y el chorizo.
- A mí me gusta el chorizo.
- Pero la oruga glotona no come chorizo.
- ¡¡¡Y jamón tampoco!!!
- No, ¡pero pasteles si que come porque está en el dibujo!

Y así hasta que se terminaba la asamblea.
Tenía una soltura que me daba mucha envidia verla trabajar e improvisar con tanta facilidad. Aprendí muchísimo de ella el tiempo que estuve en su clase.

El primer día ya me felicitaron las profesoras porque conseguí, gracias a ser la novedad (y me hacían mucho caso) y a mi insistencia de las propiedades mágicas y maravillosas para aumentar el crecimiento y la fortaleza física, que los niños comieran el tomate de la ensalada. Niños que el día anterior hacían arcadas al mirarlo, se lo metían ellos en la boca y se maravillaban ante sus ya visibles efectos en el músculo del brazo (cual Popeye con las espinacas), ya eran más fuertes y grandes y podían seguir comiendo la ensalada.

Esa primera semana con los niños, cogimos un caracol del huerto que se convirtió en la mascota de la clase.
Cuando entramos a la mañana siguiente el caracol se había comido el papel que tapaba la caja y había desaparecido en el aula.
Cuando llegaron todos los niños nos pusimos a gritar:

CARACOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL

Y hacíamos turnos para mirar por debajo de las mesas, sillas y muebles. Los niños gritaban caracol, caracol, caracol. Y saltábamos llamándolo. Estar rodeada de 19 niños gritando todos juntos caracol, caracol, caracol fue super emocionante, me hizo reir mucho el observarles y ver su entusiasmo, las ganas de reencontrarse con el gasterópodo.

De repente una niña empezó a gritar señalando al techo: ARRIBA, ARRIBAAAAAAAAAAAAAAAAA

Miré encima de la puerta, en la esquina entre el techo y las paredes y...¡¡ahí estaba!! El caracol se había intentado fugar y había escalado hasta el techo.

SE VA A CAER, SE CAE, SE MATA, AAAAY QUE SE MATA

Gritaban los niños. Alucinaba porque una vez que uno dijo que se iba a matar, todo era "que se va a matar, matar, matar" ... se quedan con todo. Y yo les contesté:

- No os preocupéis, ¡que yo lo salvaré! (y estaba el cocodrilo y el orangután, las pequeñas...)

Hablé con la tutora y aceptó mi plan: mientras ella les contaba cuentos en la asamblea, yo iría a buscar la escalera y rescataría a Caracol.

Una vez entré en el aula con la escalera, todos los niños me miraban y animaban a que lo salvara, que se iba a matar. Cuando lo cogí, me acerqué a los niños con Caracol arrastrándose por mi brazo.
Los niños lo miraban entusiasmados, querían saludarle y acariciarle, así que consciente del interés que Caracol les suscitaba, les hice sentar bien a todos y a pedirles que observaran a Caracol.
Les expliqué por qué no podía caerse de la pared porque esa baba mágica que veían en mi brazo a su paso, hacía que se quedase pegado a los sitios. Su baba era como un pegamento mágico que era bueno para la piel. Se hizo caca y les dije: y esto es su caca, uuuuuf, pero no huele. Querían tocarlo y les dije que sólo su casita, que los cuernos no que eran sus ojos. Se reían "qué feo es", "qué asco" (cuando tocaban la baba) y cosas así. Un sinfín de emociones que un mismo animal podía provocar en los niños. Me tiré un buen rato contando cosas de caracoles y dejando que lo tocaran y saludaran de uno en uno. Una vez que vi que empezaban a descontrolarse, guardé al caracol en su caja y me puse con la tutora a cantar canciones de animales.

Luego la tutora me confesó que le daban mucho asco las babas del caracol, que menos mal que me puse yo con ello. Mi respuesta se la esperaba tan poco que empezó a descojonarse: "a mí tampoco, quería llorar cuando me recorría el brazo". Y es que desde pequeña no toco un caracol porque las babas me dan un asco terrible. Y ya superado ese asco... cogí hasta mariquitas y hormigas con los niños xD.

El lunes 25 de mayo uno de los niños me dijo nada más entrar en clase (sacado de mi facebook, donde lo anoté en cuanto sucedió para no perder detalle):

- Hoy he soniado una cosa.
- ¿Sí? ¿Con qué?
- Que venía Golum.
- .... ¿Gollum?
- Si... yyyy que se volvía malo y m...mooordía a Frodo porque quería el anillo.
- ¿¡Sí!?
- Yyyy que luego se cae y se ha morido.
- Claro, porque no se muerde a los demás y se cae por eso.
- Si... yyyy luego pelean en caballos yyyy Egolas mata a un elefante y eeeeel que va encima se cae y l...loooo mata también.
- Vaya...
- Yyyy Limbi tiene un hacha y mata a orcos también.
- ¡¡Vaya con Limbi!!
- Yyyy Aragon es el Rey.
- Sí, ¿te gusta El Señor de los Anillos?
- Si... yyyy el mago mata a un nragón que les ataca. M...mmmeeee da pena el nragón. L...laaaa araña no. Yyyyyy Sam mata a la araña.
- Ay, el dragón... ¿Y no te da pena la araña entonces?
- No, p...ppppeeeero el nragón sí, m...meee gustan los nragones.
- Es que los dragones molan mucho.
- Yyyyy Gandalf va en Sombragrís.
- ¡Uau, te sabes los nombres de los caballos también!

Ese mismo niño hablador de 3 años, después de comer, al estar acostándoles para la siesta, me hizo bajar que tenía que decirme algo al oído. Me preocupé porque su cara me mostraba que estaba pasándolo mal. Era de angustia y lo vi tan necesitado de comunicar algo que sentía super importante:

- T...teeeengo miedo por si viene Gollum.

¿Pensáis que mi impulso no fue abrazarle y darle dos besos super sonoros diciéndole que no se preocupara que yo estaría con él hasta que se quedara dormido? Pues estáis equivocados. Lo adoré y amé como si fuese mi futuro hijo.

También sabéis, porque lo he dicho muchas veces para los que seguíis el blog, que me da repelús la sangre. Si veo sangre me suelo poner muy mala al punto de marearme e incluso desmayarme.

Pues en una escuela es el pan de cada día. Limpié heridas (abiertas y cerradas), narices (sangre, mocos, sangre y mocos) y chichones. Lo que menos asco me daba era lo de los pañales, lo encontraba entretenido. Limpié hasta vómitos de un niño de 1-2, con gastroenteritis, que repitió la acción toda la mañana hasta que vino su madre y casi me lo hizo encima varias veces. La verdad es que trabajar con niños lleva implícito el que nada de lo que hagan te tiene que dar asco y, de hacerlo, disimularlo.

He de decir que sólo he tenido arcadas dos veces en la escuela. Y las dos veces la tutora (fue en 2-3) se reía en mi cara cada vez que me miraba.

No me importaba que los niños moquearan, estornudaran y les saliera el moco hasta el suelo. Se limpia y ya. Los mocos en plan "salida limpia" no me daban asco.
Lo que era superior a mí eran esos mocos que, al salir, les llegaban hasta la barbilla y, al venir corriendo para que se los limpiaras, sacaban la lengua y empezaban a lamerlos e incluso a juguetear con ellos.

¿POR QUÉ HACÍAN ESO?

Ver cómo los saboreaban me revolvía enterita.

Y sucedieron muchas cosas más pero no terminaría de relatarlas. Teatros, rincones de cuentos, visitas de familiares, fiestas especiales, animales en la escuela...
Sé que me di cuenta esos tres meses que estudiar educación y trabajar con niños era algo genial y que merecía la pena. Los niños  te obligan a no pensar en las cosas que te hacen daño, porque si les muestras tu malestar, ellos lo van a notar. Son lo mejor.
El día de la despedida no quería irme. Lloré como si algo se hubiera roto.

Contarles a los niños que era mi último día con ellos fue super raro y no me lo pusieron nada fácil:

- Es mi último día aquí, así que hoy me despido de vosotros porq...
- ¿Te vas al cielo?
- N... no.
- ¿Te vas a morir?
- No... a ver, sólo es qu...
- Claro, porque eres vieja.

Y se quedó tan a gusto.

Las profesoras me regalaron detallazos que no me esperaba y me dio mucha pena tener que despedirme.
Esos meses viví como si hubiera sido poseida por un hechizo maravilloso donde aprender de otras mujeres y los niños, vivir esa experiencia tan diferente a mi trabajo desde los 18 años, fuese especial y lo mejor del mundo.

Odié mi trabajo de oficina. Qué hastío sentí nada más entar por la puerta del curro al día siguiente de despedirme en la escuela y ver a esa gente mayor, esta jerarquía donde tú no eres nada y lo que digas no se tiene en cuenta porque eres lo más bajo de lo más bajo. Sentir que en la escuela era alguien importante a quien hacer caso, de quien aprender, a quien ver como modelo... mi vuelta a la oficina fue super deprimente. Y sigo deprimida. Por eso eché la solicitud para estudiar la carrera de magisterio. Aunque me queden 15 años de contrato, siento que no puedo quedarme parada y esperar que se arregle mi futuro solo.

Y ver, a la vez, que tengo toda la vida para aprender. Tengo toda la vida para formarme. Tengo 15 años en los que puedo sacarme una o dos carreras. Pero tengo una edad que considero límite para algo que deseo desde hace tiempo y siento que si sigo dejándolo pasar, me arrepentiré como esas mujeres que dicen: ojalá lo hubiera hecho antes.
Y lo he oído a bastantes mujeres. Este fin de semana sin ir más lejos, se lo he escuchado decir a dos de mis primas que lo han sido a los 38 años... ¿cuándo van a tener al segundo, a los 40-42?

Ha sido en la escuela, estando en contacto con los niños, que decidí que ser madre es algo que necesito y que no puedo tardar. Que hay cosas que pueden retrasarse: estudiar, trabajar, irse de casa... pero tu cuerpo es joven sólo una vez. No recupera igual. Los riesgos no son los mismos...
Lo he convertido en una prioridad. No por empecinamiento, sinó porque lo siento así. Lo siento de esta manera.

No tengo prisa de esa que es "ya de ya". Que me gustaría ahora, sí. Obligar al otro, no. Pero sí es cierto que si dejo pasar el tiempo, o me vuelvo una maldita desesperada o lo dejo pasar y convertirme en una maldita arrepentida de por vida.

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2 comentarios:

Speedygirl dijo...

Los niños son el público más difícil, eso DESDE LUEGO. Toda mi familia son profes y les queda claro cada día. Pero tú tienes recursos de sobra para salir del paso...

Misaoshi dijo...

Eso espero...porque para continuar este camino se necesitan muchísimos recursos!

Un besote!