Seguidores de mis paranoias...

martes, 1 de octubre de 2013

JAPÓN DÍA 2: Hachiko, parque selvático y Karaoke

Ya era viernes: nuestro segundo día por Japón.

Habíamos llegado el jueves por la tarde tras veinte horas de vuelo (salida el miércoles a las 15h desde Madrid). Llegamos al futuro: un país donde viven 7 horas por delante de nosotros. Te das cuenta al despertarte por la mañana, mirar hacia la ventana de tu habitación y darte cuenta de lo diferente que es... que más que 7 horas parece que vivan 70 años por delante. Un país que vivió cientos de años por detrás y estaban cerrados al exterior, cómo han avanzado en las últimas décadas dejando a todos los demás detrás.

No tiene nada que ver con Madrid. Es... es otro mundo.

Sales a dar un paseo y lo primero que te das cuenta es en lo que destruye todo el paisaje. ¿Habéis visto la serie o películas de Evangelion?

Os pondré un ejemplo antes de desvelaros lo que nos llamaba tanto la atención:

 

Y ahora mirad ESTO (la calle del hotel):



CABLES.

Tokio está inundada de cables. No los tienen soterrados. Karate me explicó que es porque funcionan con otro voltaje y necesitan el triple de cables que en Europa para llevar la electricidad.
Ver las calles llenas de cables se ha convertido en una estampa típica de Japón. Vayas donde vayas, sabes que para hacer una foto a algo interesante, un edificio, un escaparate, un pájaro volando... tu objetivo se va a cruzar con unos cuantos cables por el medio.

Eso ayuda a dar la sensación de agobio, al menos a mí.

Había calles donde no habían aceras y pintaban el suelo de colores (como la calle del hotel de la foto) y algunos coches aparcaban en la zona verde obligándote a caminar por en medio de la carretera. Pero NO-PASA-NADAAA, porque allí los conductores aunque parecieran unos putos locos que giraban sin mirar y conducían rápido y por el centro sin importarle la raya delimitadora de carril, te esquivaban. Tú sólo tenías que caminar, el conductor haría el resto.

Desayunamos al lado de Kabukicho unos donuts y un café carísimo y aguado. Estaba bebible pero... el café debe ser un bien escaso o algo porque no era normal lo caro que era, como pudimos darnos cuenta, en todas partes. Un donut 1€ y un café aguado 3...
Fuimos en tren hasta Shibuya sin perdernos. Estábamos solos pero todo estaba bién indicado, tanto en inglés como en japonés. Con los JRPass era facilísimo: con la Yamanote Line, vimos las paradas que hacía y flipé de lo bién organizado que lo tenían. Está pensada para que llegue a los puntos más importantes sin hacer transbordos. Pasa por casi todos los sitios de Tokio marcados en la guía que hice antes de salir.

Para haceros un ejemplo: es como si cogieras un cercanías en Móstoles y pudieras ir a Getafe, Leganés, Alcorcón, Boadilla, Pozuelo, Majadahonda, Las Rozas, Alcobendas, San Sebastián de los Reyes, Torrejón, accesos directos a Barajas, Toledo, Guadalajara, etc... sin tener que hacer transbordos.

UNA PUTA PASADA. Y encima no teníamos que ir en metro más que a dos sitios contados que no llegaba; sería como decir: Gran Vía y Moncloa, bién comunicados pero que no llega el cercanías. 

Y además con un pase que podías coger no sólo lo que equivaldría aquí al cercanías, sinó también todos los Alvia, Ave y los talgos del país. Imagináos que los extranjeros pudieran venir a España durante 7, 14 ó 21 días y por 150, 340 ó 480€ pudieran moverse durante esos días por todo nuestro país, de Norte a Sur, Este a Oeste, ilimitadamente con cualquier línea que perteneciera a Renfe.

Imaginadlo pero con líneas super puntuales, que llevan a más sitios, que están mejor comunicadas entre ellas y que tienen trenes bala para ir a cualquier sitio que esté a más de 30 minutos.

UNA PUTA PASADA.

Ya en Shibuya buscamos la salida de Hachiko y, con lo difícil que era perderla porque estaba en grande en todos los carteles, salimos por yo que sé dónde que daba a una calle principal y nos pusimos a caminar.

Nos dimos cuenta del error y volvimos atrás. Dimos en seguida con Hachiko. Tenía tantas ganas de ver la estatua del perro que me daban ganas de llorar.

¿QUÉ? ¿Que no sabéis quién es Hachiko?

Fue un perro el cual me hubiese gustado que mi gata hubiera salido un poco... pero no ha habido suerte, ni siquiera se baja de la cama cuando me voy :( se queda así:

Era conocido como El Perro Fiel. Esperó durante 10 años a su dueño y compañero en la estación de tren donde le acompañó durante los dos años que estuvieron juntos. Si queréis ver una versión de los hechos y llorar hasta agonizar, podéis ver la película "Siempre a tu lado, Hachiko", con Richard Gere, Catelyn Stark/Tully en su papel habitual de amargada y el perro más guapo del cine.

Hay que hacerse una foto tocándole porque da suerte ;)
He hecho un montaje con la cara del tío de detrás encima de la mía, aunque no se note nada, lo aviso.

Nos metimos en medio del famoso cruce a hacer fotos y videos entre la poca gente que había (era temprano y día laboral, allí aunque siempre haya gente por las calles, también curran, y no poco). 
Nos dimos cuenta que no teníamos ni zorra de qué ver ni hacer ni de lo que había alrededor, así que desandamos lo recorrido y nos metimos en un vagón de metro que tenían ahí en medio de la plaza frente Hachiko de información donde nos atendió y dió un plano de Shibuya una mujer rodeada de cámaras de televisión y preguntaron a Karate unas cuantas cosas y se mofaron de la super Madrid del 2020 (yo me escondía porque me daba vergüenza salir en la tele).



Entramos al centro comercial 109 y sus 8 pisos de tiendas con las últimas tendencias para las jóvenes menores de 30 años. Fijáos si es sólo de mujeres que tienen baños sólo de mujeres. Toda la ropa era super cara pero super mona. Las chicas, jovencitas, atendían con unos taconazos de vértigo y vestidas según lo que vendían en su tienda. Sacadas de catálogo. Piel de porcelana y pelo perfectos. Delgadísimas pero super monas. No sé si me daban envidia o me daban ganas de salir huyendo tras quemarlas. Las veías y querías ser como ellas pero a la vez te ponías a razonar y pensabas: no son humanas, son maniquíes que caminan y dicen en su idioma inventado hola, qué tal y gracias. Parecía que las hubieran recortado a todas por el mismo patrón y hubieran jugado a los recortables vistiéndolas de esa o aquella manera.

Un sitio digno de ver. Había cada gilipollez que querías comprar: desde pendientes de dinosaurios con cosas colgando y brillando en tiendas de accesorios o faldas y chaquetillas de cortes que no sabías por dónde se metían las piernas o los brazos o si esa prenda eran unos pantalones o un gorrito de cabeza...

Una cosa era cierta con los accesorios: casi todos brillaban. Les encanta que las cosas brillen. Y si chillan ni os cuento. Por ejemplo: ahí había una patata que salía en las pantallas gritando y bailando, amarilla fosforita, que no podía llamar más la atención, y la veías en todas partes en forma de bolsos, peluches y carteras (incluso yo acabé comprando un peluche para colgarlo en el bolso de esa patata indescriptible que todavía no sé qué cojones es... ¡¡pero la necesitaba!!).

Si no brilla, canta, baila o chilla no llama la atención del posible comprador, así que en la ciudad de Tokio todo es ruido para los sentidos.

Tras saturarnos de ver tanta tienda en un mismo edificio, salimos y paseamos por sus calles llenas de más tiendas, restaurantes, pantallas, música, edificios enteros de ocio, gente y cables. Consumir, consumir, consumir.

También tomé mi primer refresco de máquina y del cual me estuve alimentando el resto del viaje: Fanta sabor a uva (fanta grape):

 ES ENORME. No tienes tiempo físico en la vida para ver todo lo que ofrece cada barrio.
 
 
 

Volvimos al tren, porque no estábamos seguros de cómo ir caminando, para marchar a dar un paseo por el parque Yoyogi.
Como teníamos el JRPass estábamos tranquilos y nos daba igual cogerlo sólo por una parada.

Nada más salir de la estación nos tomamos un refresco en la primera máquina que vimos. Hacía un calor asfixiante y el cuerpo sólo nos pedía sombra y líquido (las japonesas llevan siempre un paraguas los días de calor, se tapaban enteras los brazos con mangas hasta el hombro por mucho calor que hiciese y bebían muchísimo).



Llegamos al Parque Yoyogi tras callejear. Lo primero que te encuentras es una torii enorme dándote la bienvenida. Y los grillos y escarabajos te saludan desde el fondo.

Yoyogi tiene hilo musical.

Nos enamoramos. Era como caminar por la selva en medio de la ciudad. Era relajante y a la vez asfixiante. La humedad se multiplicó y no había líquido suficiente en el Mundo para hidratar nuestros sudorosos cuerpos.

Era de un verde salvaje donde se escuchaba el fuerte sonido de los millones de insectos que nos rodeaban. Tras haber paseado entre tanto edificio y ruido creado para incitar al consumo, llegar a ese parque y ver y escuchar lo que ofrecía, te relajaba hasta perder la noción del tiempo y desubicarte completamente. Cómo podía haber un paraje tan salvaje en medio de una ciudad tan enorme.

 

Antes de salir por el otro lado y seguir nuestro paseo por las calles de Harajuku - Omotesando, nos encontramos esto, sake y vino. Las hay por muchos sitios, templos y parques:

 

Proseguimos nuestro paseo por Harajuku, no nos pareció muy llamativa tras haber caminado por Shibuya y Shinjuku, pero sí tiene tiendas muy curiosas (incluso una dedicada a Evangelion que no conseguimos localizar) y una tienda en forma de templo donde hicimos una lista con cosas que compraríamos cuando volviéramos de Osaka a la semana siguiente a hacer las compras finales y también una tienda del Line, que allí no utilizan whatssap, sinó Line (y como los dibujos son monos pues menudo éxito):

 
Queríamos comer en Harajuku en alguno de los puestos y restaurantes que tienen, pero nos pusimos a callejear buscando el que tuviera el mejor escaparate (en Japón da igual que no entiendas la carta, sólo con ver los platos de muestra y señalar, no pasarás hambre):

Callejeando, callejeando, y evitando a un tío disfrazado de monje que nos puso en la mano una pegatina de un lingote de oro y nos enseñó la típica lista que aquí te enseñan los rumanos con un "una ayuda para los sordomudos" con las cantidades de dinero donado y nombres inventados (además donaciones de 10.000 yenes = 78€ y tal.... a ver si cuela xDD). Creíamos que eso sería imposible de ver en Japón, pero sólo nos pararon a nosotros y otro a otros turistas. Además no paraba de hablar super rápido y meterte la lista en la cara. Si de verdad fuera un monje que pedía dinero:
1) no pararía sólo a turistas y...
2) ellos no acosan: se sientan con un cuenco en una esquina y esperan tocando una campanita y llevan un gorro de monje que les tapa la cara y no molestan. No te ponen el plato en la cara y te enseñan una lista con miles y miles de yenes en donaciones con el nombre de quién lo ha hecho.


Por supuesto le ignoramos y mandamos a la puta mierda, en español, ¡¡of course que yes!!

Encontramos una tienda sólo de productos de gato donde compré sólo un bolígrafo porque todo era carísimo (luego me di cuenta que esa marca era cara de cojones al verle llevando a alguna una camiseta o bolso como si fuera un tesoro):

 Me regalaron una postal al pagar el boli.

Al salir seguimos calle abajo donde finalmente, sin comerlo ni beberlo, llegamos a Shibuya caminando.

Otra vez en Shibuya.

Pues sí que estaba cerca.

Entramos en el Mandarake (enorrrme) y vimos tantas estanterías con comics y figuritas que salimos saturados. Para entrar había que bajar tres pisos por unas oscuras escaleras iluminadas por focos de discoteca que te fundían las retinas.
Karate no tiene esa cara, pero no le queda tan mal.

Comimos en Shibuya un arroz con carne y salsa picante maravilloso con su caldo de carne para aliviar el picor, bolitas de pollo con ensalada de col y unas gyozas de carne y verduras por algo más de 7€ entre los dos.

¡¡¡ENTRE LOS DOS!!!
Yo me quería morir con ese arroz picante que me ardía hasta el intestino grueso ya, cuyo huevo me lo siriveron con su cáscara y no me atrevía a echarlo por encima a ver si estaba crudo. Lo hicimos rodar por la mesa ante la atenta mirada de la camarera flipando a ver qué cojones estaba haciendo. Vino para enseñarnos xD y lo quería tirar encima del arroz y le dije que no. Lo abrió sobre un platito y vi que estaba cocido pero la yema venía cruda!! Era como comer un huevo frito pero cocido!! Lo eché encima del arroz y menudo éxtasis. Luego el caldo me calmó todo y tras moquear y llorar pudimos continuar el viaje.

Cansados de caminar sin parar, el calor y la comida picante, acabamos en Shinjuku en el hotel durmiendo la siesta. Además quería mirar el móvil a ver si finalmente, mi amigo de Mallorca que está trabajando allí, nos decía de quedar para cenar y enseñarnos un karaoke y presentarnos a su novia y amigas japonesas...

Y efectivamente, me mandó un mensaje al facebook para quedar a las 20:30h.

Quedamos en la estación de Shibuya (otra vez Shibuya!! cómo cansarse si es maravillosa), y nos encontramos al poco rato. Vino con una alumna suya de español, un argentino y su novia japonesa que era la profesora de japonés de ambos ¿?, y nos fuimos a cenar a un restaurante al cual nos llevó uno que repartía flayers, vendiéndonoslo como típico japonés y un 10% de descuento si pedíamos cierta cantidad de platos y bebidas, al que había que entrar por la entrada de una tienda de mangas y subir hasta el sexto piso. Salimos del ascensor y sales directamente en el restaurante (qué pasillo ni qué leches). A la caja registradora.
La chica que venía con nostros le da el flayer al de la caja registradora y... ¡¡¡el tío no va y le da 1000 yenes!!!

Karate y yo flipando, claro. Entras a un restaurante y nada más entrar te dan dinero.

Luego de flipar nos explicaron que antes de encontrarnos ellos ya habían apalabrado con el de los flayers que íbamos a ir allí a cenar. Resulta que una vez que dices que SÍ, tienes que dar una señal, que el chico te lo apunta en el flayer, y una vez llegues al restaurante el de la caja comprueba lo que has dado y te lo devuelve.
Así se aseguran que vayas.

Esto, en España, no pasa. Imagináos si cada vez que sales de fiesta y le dices al que te invita a chupitos en el bar de enfrente que vas a ir luego y le has de pagar una señal... una ruina, vamos.

Al entrar al restaurante los japoneses y mi amigo nos dijeron que ese sitio nos habían timado. No era típico para nada. Una carta con ensalada césar y demás pollardas... pues que lo vendían como un izakaya a precio izakaya (tipical, tipical y caro, caro) y no era más que una farsa para captar clientes y sablarles.

Al final cené mi única ensalada del viaje y carne. Pagamos Karate y yo unos 40€ entre los dos y salimos un pelín más llenos que al entrar...

Luego fuimos a un karaoke a un edificio que sólo era de karaoke, donde flipamos con la voz que tienen. Su profesora de japonés era socia de ese karaoke (allí se hacen socios de esas cosas) y tras pagar unos 6,5€ cada uno por una hora con barra libre de bebidas sin alcohol y granizados, nos metimos en una salita individual insonorizada con la música a tope.
Esa experiencia de tanto ir a cantar se nota. Menuda voz.

Yo hice los coros con las panderetas y también con la de Evangelion, que es la única que me sé en japonés. También canté el opening de Dragon Ball GT en catalán mientras ellos me hacían los coros a mí.

En definitiva nos lo pasamos genial.

Ya era tarde cuando nos despedimos y teníamos que coger uno de los últimos trenes para volver al hotel.

Y menuda hora.... HORA PUNTA NOCTURNA UN VIERNES.

Descubrimos lo que era eso en Japón. Empujones y dejarse llevar y que te frene otro. Cada vez que el tren frenaba sentía cómo debieron pasarlo las chicas del Madrid Arena antes de perder la conciencia. Lo digo en serio. Fue horrible.

Llegamos por fin al hotel y nos sentó genial dormir. De verdad, qué cansados estábamos. Y qué calor hacía...

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