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lunes, 14 de octubre de 2013

El sida y la marginación social


Tranquilamente en el metro estaba yo un día volviendo a casita después de una no muy dura jornada laboral, cuando entró el típico señor desaliñado y sucio, con el pantalón y jersey roto (para no pasar calor), botas gastadas y rotas en la punta dejando ver el calcetín roto, los dedos de los pies negros y las uñas larguísimas y amarillentas, que vive en la calle y que no se ha afeitado en semanas ni lavado en meses. Pedía una limosna, son su cartón de vino en una mano y en la otra un vaso de plástico con unas cuantas monedas color cobre.

Apestaba.

Gritaba que le ayudaran.

Su mirada era triste y desesperada.

Su boca desgastada y desdentada.

Pedía dinero para curar su pierna herida. Una herida ya gangrenada, cojeaba, era negra y supuraba pus. Era horrible. Olía a podrido según pasaba entre nosotros. Todos se apartaban. YO TAMBIÉN. Y no podía sinó sentirme angustiada y deseosa que bajara en la próxima parada (pero no por la puerta en la que estaba agarrada en la barra).

¿Por qué no pensamos que ese señor necesitaba ayuda de verdad?:
¿Porque llevaba un cartón de vino?
¿Porque dijo al principio que tenía SIDA?

Sólo pensé: qué asco.

Cuando bajó a la siguiente parada, me sentí decaida y arrepentida por haberle negado aunque fuese un euro de mi cartera que fuera a parar a otro cartón de vino. Cualquier cosa que le aliviara de ese dolor insufrible que debía sentir aquél señor.

Al bajar en mi parada, pensé en mi tío, que se casó con una mujer (mi tía) cuyo hermano con problemas de drogas en su juventud acabó por contagiarse de VIH. No sé cuántos años lleva viviendo con esa enfermedad, pero sí sé lo duro que es y está siendo para su familia. Él creo que no es consciente de lo que tiene, puesto quedó muy tocado y su cerebro debe ser de la inteligencia de un niño de como mucho 10 años.

Antes le veía mucho. De pequeños lo veíamos en las fiestas familiares. Mi tía (la mujer de mi tío), le traía para que se divirtiera con los niños pequeños. Jugaba con nosotros.

Hasta cierta edad y fijarme más en los comentarios de mi padre al finalizar las fiestas en las que venía, empecé a fijarme en cómo nos vigilaba. Cómo miraba preocupadamente las escenas en que jugábamos con él a la cuerda o con las bicis o las minimotos o el car. Cuando traía la colchoneta hinchable o montábamos en los ponys. Cómo le perseguía cuando se acercaba a la comida para retirar todo lo que tocaba o masticaba o lo dejaba a un lado (sí, la verdad es que era una guarrada, pero pocas veces cogía plato para comer, se lo tenían que dar todo para que no se acercara a probar la comida).

Un día dejó de venir.

Nunca sabré si es porque ya no dábamos tantas fiestas o porque mi padre dejó muy claro que no quería verle ahí.

Las siguientes veces que le ví, fue paseando por la calle donde yo vivía de alquiler con unos amigos cerca de Plaza de España (Palma de Mallorca). Vivía relativamente cerca y se daba paseos de hasta 10km y pasaba siempre por ahí (según mi tía) y que a veces se perdía y la policía les llamaba. No me reconocía, lo sé porque a veces le saludaba y se cambiaba de acera porque le daba miedo o algo y dejé de saludarle.

No he vuelto a saber nada más desde que vine a Madrid.


Me vino a la cabeza porque me sentí muy mal, pensé en mi padre y si de verdad sentía asco por el hermano de mi tía. Me sentí asqueada conmigo por haber pensado: qué asco, al pasar su pierna cerca mía y ver detalladamente los colores y apreciar el nauseabundo olor que desprendía. Me sentí una hija de puta por no pensar en su dolor y sufrimiento. No sé por qué actué de esa manera; pero supongo que es la primera impresión que da ver un vagabundo con sida y una herida para él que puede ser mortal.

Creo también, que no era la primera vez que veía a ese mismo hombre en el metro. Lo ví la primera vez con Sergio y le ignoramos hasta que dijo: tengo sida. Nos giramos y seguimos hablando de lo nuestro (decir también que no pasó por nuestro lado). Debía estar más susceptible, o al ir sola, me fijé más en todos los detalles y sensaciones que me producía.

Soy horrible. La mayoría de las veces no pienso las cosas antes de actuar, y como yo, cientos y miles de personas que dejan atrás muchas cosas y/o hacen sufrir a otras por no haberlo pensado antes.

No estoy diciendo que debamos dar dinero a todos los vagabundos (vamos, no tengo para comer apenas yo...); pero sí ser más solidarios en las formas y pensamientos sobre unas personas que, aunque la mayoría se lo han buscado, lo están pasando mal y no tienen nada.

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2 comentarios:

miyu93 dijo...

el otro dia en el metro me paso algo similar, y kuando el hombre bajo del metro tambien pense en muchas cosas de las que has comenado u.u

Nimrod dijo...

La cuestión no está en soltar pasta para vino.
Yo por mi parte participo aleatoriamente en programas de ayuda, he estado con niños con cancer, con vagabundos que como tu dices huelen a zombie, con inmigrantes que han sido timados, tambien he visto muchas cosas feas, pero la mayoria de las personas que se acercan a ese tipo de instituciones de voluntariado es porque necesitan ayuda realmente y tenderles una mano un rato un dia cualquiera, no cuesta trabajo, eso si, a veces el tema te deja bastante tocado, en especial cuando "trabajas" con niños...
Un saludo!