Seguidores de mis paranoias...

jueves, 7 de febrero de 2013

Noelia, Noelia, Noelia, Noelia, Noeeeelia

Un +5 para los que han cantado el título de esta entrada agravando la voz y entonando como Nino Bravo.



Porque gracias a esa canción, mi hermana mayor tiene ese nombre.

Lo bueno de tener una familia super-numerosa, es que tengo para un montón de entradas cuando me siento algo inspirada.

He hablado de mi hermano pequeño, el subnormal. Con quién tantas risas y vergüenza me proporcionaba.
De mi hermana dos años mayor, con la que tan mal me llevaba.
De situaciones con mi padre.
De mi añorado abuelo Francisco.
Y bastantes situaciones familiares, graciosas, tristes e imborrables.

Hoy toca el turno a mi hermana mayor.

Como ya conté, en mi casa no había apenas dinero, así que cosas como tener ropa nueva o tener siempre la botella de coca-cola en la nevera eran poco pensables. Imagináos "viajar".
Sí. VIAJAR. Qué palabra tan bonita... y qué cosa tan imposible.

La primera vez que salí de la isla fue porque mi madrina se casaba. Mi madrina vive en La Rioja. Media familia de mi padre emigró a La Rioja. Gracias a que ella quería que yo llevara las arras, mi padre me llevó con él y mi abuelo para allá. Jamás había estado tanto tiempo en un coche. Ni había viajado en avión. Ni nada. Qué sensación.

Siempre quedé con ganas de repetir esa experiencia. Había tantas cosas que ver. Mallorca entonces, a mis 7 años, ya me parecía pequeña.

Luego fue mi abuelo, cuando tenía 10 años, que me llevó todo un verano a vivir a La Rioja con mis tíos y primas. Al volver nadie me reconocía, pues allí pegué el estirón y hablaba rarísimo. Se me pegan los acentos, de siempre, y yo hablaba entre maño y vasco que echaba para atrás a todo el que me escuchaba. Qué basta.

Y yo quería salir. Quería viajar y lo decía. Y ya empezaba a decir que cuando fuera mayor viajaría y me iría lejos. Que yo no quería estar allí.

Y fue gracias a mi hermana mayor que volví a salir de la isla. No sé si fue mi insistencia por desear viajar, o porque se quedó sin opciones ya que la hermana a la que tenía mimada era demasiado pequeña y mi madre no quería que se la llevara. Pero me escogió a mí para acompañarla.

Noelia. Desde que empezó a trabajar, parecía una hormiguita. Ahorraba todo. Lo que compraba era por necesidad. Acostumbrada a la vida "con lo necesario" que llevábamos, como mucho compraba algo de ropa. Nada más. Para mí, mi hermana era millonaria.
Ella me regaló mis primeras prendas de vestir de primera mano. En eso era la hermana mayor: a mi hermana pequeña y a mí nos compraba ropa. No le gustaba vernos llorar. Cuando se enfadaba con alguna acababa riendo para que no siguiéramos llorando.
Incluso hablaba que como ella estaría sola toda la vida, se vendría a vivir conmigo y yo cuidaría de ella. Como mis tías; la hermana mayor de mi madre cuidaba de sus hermanas, las tres solteras para siempre. Yo viviría lejos, claro, por aquél entonces ya lo sabía. Poco podrían imaginarse que sucedería realmente...

Así que un día, cuando yo tenía 13 años, a mi hermana la millonaria, se le antojó un viaje.
Quería ir SÍ o SÍ a Port Aventura. Así que se fue a una agencia por su cuenta y vino a casa con dos billetes.

- Me llevo a la María a Port Aventura. Es que no quiero ir sola.

Y un día estaba en el aeropuerto, con unas ganas de coger un avión y salir de esa isla, para pasarlo genial en el parque de atracciones Port Aventura. Mi primera vez en un parque de atracciones. Gracias a la millonaria.

Nunca había estado fuera de casa sin mis padres o adultos que me vigilaran. Y mi hermana, en algunas cosas, siempre he sido más mayor que ella. Así que era como ir con mi mejor amiga, la que me pagaba todos mis caprichos, a pasarlo genial muy lejos de casa.
Nunca me olvidaré de las 6 veces seguidas que nos montamos en el Dragon Khan y se nos descompusieron los intestinos a la llegada al hotel. Quizás también, tendría que ver que comíamos de helados, chucherías, frutas que vendían en bandejitas y hamburguesas.

De pequeña yo era muy curiosa. Cualquier cosa me llamaba la atención. Pero sobretodo las cosas de la naturaleza. Podía pasarme horas viendo documentales de animales. En la biblioteca cogía las enciclopedias de animales y me ponía a dibujarlos y aprenderme sus características.
Y eso ella lo sabía. Y se gastó parte de sus ahorros en regalarnos, a todos los pequeños, cosas que nos volvían locos o deseábamos por todo lo alto.

Así que una navidad desperté con una de las mayores sorpresas que me habían dado: un microscopio.
Me pasaba el día buscando bichos para mirar su sangre y sus patas por el microscopio. Frutas. Pelos. Lágrimas. Mocos. Saliva. Moho...

Quién me iba a decir que con mis primeros análisis de sangre acabaría desmayada y dejara de sentir gusto por ver células y cosas por el microscopio, abandonándolo para siempre en un rincón del que todavía no ha salido y nadie sabe donde está.

De las cosas buenas de mi hermana mayor era, aparte de consentirnos cosas, su paciencia.
Así como entre los demás hermanos no podíamos jugar a nada sin pelearnos ni insultarnos, ella se pasaba el día con sus discos de Michael Jackson a tope y jugando al solitario sentada en la cama. Nos subíamos a su cama (que dormía encima mía de la litera), recogía su partida inacabada en silencio, y repartía a todo aquél que se subiera en la cama. A veces éramos ella y yo. Otras se apuntaba mi hermano pequeño. Otras la pequeña...

Y pasábamos horas y horas jugando al solitario, al mentiroso o a lo que se le ocurriera. Luego empezamos con el Monopoly y el parchís o la oca.
Y con ella no se discutía. Se jugaba y se reía. Se criticaba a quién fuese. Y fin.

Y si un día se discutía porque ella no podía ver Gran Hermano tranquila en la tele que tenía en la habitación en blanco y negro... de esas que sintonizabas con la ruedecita, porque a mí no me gustaba (ya apuntaba maneras con mi odio hacia los realities), gritaban y discutían todo el rato y no me dejaban dormir, pues te la cargabas. Te la cargabas pero bién.
Insultos por doquier, gritos que alertaban a mis padres con un "si no os calláis entro ahí y os mato", y cosas por el estilo. Y tras las amenazas de mi padre se discutía más en silencio, con miradas y bufidos. Con el corazón acelerado y mirándonos con un odio tremendo. En silencio. Sólo se escuchaban las respiraciones nerviosas y entrecortadas. Cansadas de aguantar en esa tensión horrible.

Y...

A ella...

Eso...

Le hacía...

Muchísima gracia.
Y de repente sus bufidos y respiraciones entrecortadas por la tensión se convertían en minicarcajaditas. Su ceño fruncido se tornaba de perplejidad por seguir observándome en esa situación.
Y entonces me contagiaba. Y venía mi padre preguntando por esas carcajadas a esas horas de la noche. Que estábamos locas. Primero matándonos y luego riéndonos. Que nos durmiéramos ya. Y nos encontraba tiradas en la cama dobladas de la risa sin poder decir ni una palabra. Intentando explicarle entre balbuceos e intentos de recuperar la cordura, señalando a la otra como la culpable de los hechos, provocándonos otro estallido de carcajadas al escucharnos balbucear intentando explicar el inexplicable suceso.

Por su culpa muchas noches no podía dormir. Se enganchó al cine japonés de terror y acción. Y nos invitaba al cine a las hermanas pequeñas a ver las películas de miedo porque ella no quería verlas sola.
Íbamos al videoclub a pasar ratos buscando películas de miedo para luego verlas en casa. Unos nos llamarían valientes, otros masocas. Lo pasábamos super mal y había noches que tardábamos horas en dormir porque nos pasábamos el rato encendiendo la luz para explicar las sombras que veíamos.

También leí El Señor de los Anillos y el Hobbit gracias a ella. Y los libros de Stephen King los leíamos gracias a mi madre, pero las películas las vimos, mi madre y yo, gracias a mi hermana. De estas colecciones del kiosko de películas basadas en sus libros.

Y mis primeros mangas los leí gracias a ella también. Trabajaba en un kiosko y traía los comics y los volvía a dejar al día siguiente. Los que más nos gustaban los acababa comprando.

Y... la que me dió mi primer gran susto de muerte también fue ella.

Creo que todavía, si se lo recuerdo, se ríe de eso...

Me daba pánico la niña de The Ring.
Pero pánico absoluto. No he conseguido ver esa película sin ponerme las manos en los ojos. Sé que es una película y no creo en los fantasmas, pero a veces veo a la puta niña. En las sombras, en los eclipses. La veo. Aún hoy. Me da miedo.

Ella traía las revistas de jovenzuelas como la Loka, la Bravo y la Superpop del kiosko. En la Loka vino un póster magnífico y grande de la puta niña saliendo del pozo.


Al día siguiente ella no trabajaba, pero yo tenía que madrugar, que había clase. Cursaba bachillerato por ese entonces y ya no dormíamos en literas, sinó en dos camas, porque no compartíamos habitación con las otras dos hermanas (desde que murió nuestro abuelo).

En cada cabecero de la cama teníamos una lamparita que encendíamos para no despertar a la otra. Yo dejaba el cable con el interruptor bajo de mi almohada para no rebuscar la lámpara en la oscuridad, tirarla, romperla y despertar a mi hermana mayor... así que al encender la lámpara y girarme, como cada mañana, para levantarme de la cama... veo esto apoyado en mi mesita, mirándome fijamente:


Y os juro que pongo esta imagen e intento no mirarla. Qué mal rollo de los cojones.


Diréis qué chorrada, pero creo que puse esta cara al verlo:



La muy puta graciosa de mi hermana llevaba un rato despierta sólo para partirse cuando llegara ese momento.

Sus carcajadas debían oírse en París y hasta en Londres. Y mi grito provocó en su viaje que meses más tarde un tsunami arrasara Tailandia.

Espero que ese susto le compensara lo mal que se lo hice pasar esa noche que yo dormía haciendo pactos con el Diablo.

Y quizás esta es la última anécdota que puedo contar, porque ese verano me fui a Madrid unos meses y cuando volví a casa fue para recoger mis cosas en cajas y mudarme.

Una vez fuera de casa perdí casi todo contacto con mi familia. Y cuando me mudé a Madrid ya ni os cuento.

Es la única que ha venido a Madrid por el único placer de verme y que le enseñara la Capital. Y seguramente esté pensando en cómo hacer para venirse a vivir conmigo el día que las dos seamos unas solteronas y ella o yo no sepamos donde caer muertas, y a ver quién será la que cuidará de la otra.

Porque las conversaciones que teníamos, los deseos y los planes que hacíamos, se han cumplido la mitad. Quién sabe si acabaremos viviendo con 30 gatos en casa llamándoles Chachita 1,3,4,5... y Chachito 2,6,7... porque son chachis.
Sí... no sé si os habréis dado cuenta, pero siento una pequeña admiración y pasión por los mininos (mis últimas entradas pueden dar pistas). Imagináos mi pasión multiplicada por 50, y daréis con la verdadera loca de los gatos: mi hermana mayor, la no millonaria.


Y hasta aquí puedo relatar. Pero no os preocupéis... todavía me quedan unos cuantos hermanos de los que poner vidas. De alguno estoy esperando a tener un video en posesión para colgarlo y os riáis tanto como yo...

.

1 comentario:

Maeglin dijo...

"También leí El Señor de los Anillos y el Hobbit gracias a ella."
Noelia ya tiene en mí un siervo, un esclavo, un servidor Misaoshi.