Seguidores de mis paranoias...

viernes, 30 de marzo de 2012

Mi abuelo Francisco

Le he nombrado en ocasiones en este blog. Sobretodo porque es una muerte que no he superado y lloro al recordarle.


Ya empiezo a estar triste. Pero es que no puedo evitarlo. Ahora os contaré pequeños retazos de la parte de su vida que pude conocer...
 
Mi abuelo se llamaba Francisco y nació el 3 de diciembre de 1904.  Murió el 23 de febrero de 1999 a los 94 años. Yo tenía 13 años.
Todos pensábamos que nos acabaría enterrando. A sus 94 años tenía más salud que adultos de 50 años. Hacía la vida de un sesentañero a punto de jubilarse: trabajaba lo que podía para no sentirse entrando en la anciandad y estar a pocos años de cobrar su pensión.

Ha sido el único abuelo que he conocido realmente. Mi abuela materna falleció durante una operación de cáncer cuando mi madre era muy pequeña. Mi abuela paterna murió cuando yo tenía 4 años y no tengo recuerdos de ella (pero ninguno, aunque su muerte me traumó según mi madre).
Y mi abuelo materno apenas le veía y yo debía tener unos 6 años. Los únicos recuerdos que tengo son de él durmiendo. Murió durmiendo durante una comida en su casa con casi todos sus hijos (eran 9). Varios de mis tíos se dieron cuenta durante la comida que no estaba roncando en el sofá y se fijaron que no respiraba, y no avisaron a los demás hasta finalizar. Estaba mayor y algo enfermo.

Mi abuelo Francisco era el mejor abuelo del Mundo. He conocido abuelos de amigos, de parejas de mis hermanos, de mi ex (y he de decir que le cogí un cariño increíble a su abuela materna. la echo muchísimo de menos), abuelos desconocidos en viajes de autobús que despertaban mi instinto de adoración... pero él era el mejor. Porque era mi abuelo.


Nos encantaba pasear con él. Nos contaba historias de la guerra. De cómo huyó de España para no entrar en el ejército (estaba en estado de Guerra, con Primo de Rivera). En Francia hizo amigos y siguió viajando y aprendiendo francés hasta el bilingüismo. Tenía una estantería con libros antiguos en francés que a veces yo los ojeaba sólo para olerlos y ver las tapas, duras, hojas desgastadas, amarillentas... y luego él venía y me resumía un poco de qué iba ese libro. Casi todos eran de amor en tiempos de guerra y de Julio Verne (de ahí que leyera a Julio Verne de tan pequeña, aunque en castellano).

Escribió innumerables poemas. Amor y guerra. Su visión de la vida en verso. Cuando murió, mis hermanos nº3 y nº4, recopilaron los folios que encontraron en sus cajones, los pasaron a máquina, e hicieron libritos que repartieron a la familia el día de su funeral.

Era muy tranquilo. Apenas se enfadaba. Se pasaba el día tarareando y cantando el himno de Francia y canciones que aprendió allí. Nos cantaba las típicas canciones infantiles en francés también y nos intentaba enseñar las más fáciles inútilmente, como la de "palmas palmitas". Fuera del castellano y del mallorquín-catalán, no nos saquéis.

Un día no hace muchos años en casa de mi tía, mi padre nos contó a mi hermana y a mí algo que nosotras desconocíamos:

Cómo su padre (tras volver de Francia) y su madre cogieron a sus, por ese entonces, cuatro hijos (de cinco al final) y se metieron de polizones en un barco en Murcia. Cómo fueron descubiertos por uno de los marineros y cómo éste se calló y les ayudó durante el viaje al ver las caras de desesperación de esa familia (la mía). Así fue como acabaron en la isla de Mallorca.
Vivían de la construcción y mi padre desde pequeño trabajaba en el campo ayudando a recoger en los campos y pintaba cuadros (¡le expusieron uno en el Louvre! ganó un concurso pintando a mi madre). Cómo se ganaban la vida como podían y consiguieron huir con lo puesto de la pobreza de Murcia y empezar de cero en Mallorca.

El terreno donde construirían entre mi abuelo y mi padre la casa de campo en la que hoy viven mis padres en Inca, fue resultado del trueque que hizo mi abuelo a cambio de construirle a unos granjeros la casa en la que todavía hoy viven. Le dieron un terreno bastante grande a mi abuelo. Esa casa de campo en la que hemos hecho comuniones y bautizos impresionantes, donde se reunía la familia en verano, donde se celebraban las fiestas de cumpleaños de sus 8 hijos a la vez y multitudinarias...

La entrada y patio que rodea la casa está hecha con un collage de mármol pieza a pieza.

Mi abuelo era el "Señor que repartía caramelos en la puera del colegio". Tenía un don para atraer a los niños. Sólo tenía que meterse la mano en el bolsillo...... y sacar un manojo de caramelos que tiraba como si fuera el Rey Melchor en la cabalgata del 5 de enero. Les cantaba en francés, les contaba historias  surrealistas, supongo que leídas y traducidas de algún libro suyo francés. Les enganchaba. Los niños le adoraban. Mi abuelo era así.
Pero claro, repartir caramelos en la puerta del colegio tenía sus consecuencias. Los niños cuentan eso a sus padres y algunos iban a hablar con las profesoras. Algunas madres llegaron a conocer a mi abuelo porque como siempre estaba paseando no era muy raro verle, además que sólo tenía que asomarse a la puerta, y los niños ya le saludaban. Así que no todos los señores que repartían caramelos en la puerta del colegio, daban drogas a los niños para hacerles cosas malas. Vaya ideas nos metían de enanos, por los Diosex.

Todos conocemos a los típicos "personajes entrañables" a lo largo de nuestras vidas... mi abuelo fue ese para muchas personas. Sobretodo lo era para los que les hacía parar y contarles alguna anécdota, pedirle que repitiera tal trabalenguas, preguntarles la edad, vacilarles haciéndoles una subida de pierna hasta crear un ángulo de 120º y tocarse la punta del pié. Era entrañable, no pesado. No era esa clase de viejos que te paran para contarte su vida o cosas que no vienen a cuento. Mi abuelo veía algo en esa persona, y le preguntaba por ello. Si le costaba hacer algo, le retaba para ver si podía superarse. Le contaba alguna anécdota para animarle. O simplemente para bajarle los humos. Le encantaban las historias con moraleja y la gente se quedaba embelesada escuchándole. Niños, jóvenes, adultos y ancianos le escuchaban sin desánimo, sin pensar el típico "ya está el pesado este contándome mierdas". Porque no. Mi abuelo no contaba mierdas. Contaba lo que quería decir en el momento que había que decirlo.

Bueno, miento.

Mi abuelo sí contaba mierdas. Pero mierdas de caca. Algo raro tenía que tener ese señor entrañable...

Tenía una manía: sólo podía cagar en el campo. Así que allá que caminábamos, kilómetros paseando para que a mitad de camino dijera, a la altura de un solar detrás del canal que cruza el barrio de al lado:

- Parad un momento, es mi hora de plantar el pino.

Tras un largo rato de dar patadas a piedras, aparecía mi abuelo, caminando como si nada hubiera pasado y seguía con sus historias. Realmente cagar es tan natural que no ha pasado nada impactante. Pero había veces que venía raudo y veloz, con los ojos muy abiertos y gritando:

- Venid, ¡¡venid!! ¡¡Mirad esto!!

Sí. Quería que viéramos una mierda del tamaño de un macrofalo que había excretado de su interior.

A veces tenía ese tipo de detalles. Se sorprendía cuando era capaz de expulsar algo así. Y no es de extrañar, porque una mañana, muy a mi pesar, descubrí lo más asqueroso que una niña de unos 11 años podía visualizar:

- ¡¡Isabeeeeeeeeeeeel!!
- Abuelo, mamá no está. Sólo estoy yo.
- Pues María, ven, vente. Te necesito.

¿Y qué iba a hacer si mi abuelo me necesitaba?
Y ahí que entré yo, en su habitación. Y nada más entrar quise huir.
Lo encontré como su madre le trajo a la Tierra, a cuatro patas, con el culo en pompa mirando hacia la puerta y... ¿qué era eso?
Tenía el culo raro. Como pegado (pero sin el "como"). ¿De viejos se nos pegan los pliegues del culo? Quería que le echara yodo en el culo. ¿Por qué? Nunca lo sabré. Pero me sentí muy mal haciendo eso. Aunque fuera por su bien y su salud anal, pero me sentí muy, pero que muy mal.

Nos daba dinero cuando cobraba la pensión. Nos llamaba de uno en uno y salíamos al patio:

- ¡Ana!
- ¡Voy!
- ¡María!
- ¡Voy!




Y nos daba cien pesetas. Yo solía guardarlas en la hucha, pero a veces salíamos rapidísimo hacia el barrio de al lado a comprar chucherías; ya digo que a veces, porque como siempre que le acompañábamos a pasear nos compraba 100 pesetas de chucherías y patatillas (¡a cada uno que le acompañaba!) nos quitaba el mono. Al no tener paga eran muy bien recibidos.

Menos una vez, que empezó a llamarnos de nuevo (por orden) y llegó mi turno:



- ¡María!
- ¡Voy!
- Toma, tus cien pesetas.
- ... Abuelo no.
- ¿Hoy no quieres?
- Es que es un billete de mil pesetas.
- ¿No son cien pesetas esto?
- No, son mil pesetas. Cien pesetas es esto (y le saqué una moneda de la cartera).
- Pues entonces toma, mil pesetas.

Supongo que ese día quería probarnos y compensarnos de alguna manera. No lo sé ni lo recuerdo, pero seguro que me duraron muchísimo esas mil pesetas. ¡¡No sabía qué hacer con tanto dinero!! Es algo que me impresionó mucho. Tanto dinero junto en mi mano. Un billete. Joder, pero qué simple era.

Lo que peor llevábamos de él era cuando le daba por cocinar. Mi madre le prohibía la entrada a la cocina y cuando lo hacía discutía con él, aunque no hiciera nada. Pero cuando mi madre no estaba. Oh, No, No, No.

Un olor.
Una peste.
Un... un olor.

No os lo podéis imaginar.

Mi abuelo abría la nevera y los armarios y sacaba un poco (para una persona) de cada cosa: carne, pescado, embutido, salsas, hierbas, especias, fruta, hortalizas, queso, pasta, arroz, legumbres, leche, huevos, etc...
Luego echaba agua en una olla y lo metía todo a presión.

¿Os lo imagináis un poquito? Un poco, sólo.

Al meter un poco de muchas cosas, daba para comer más de veinte personas. Las 3 ó 7 veces que hizo ese mejunje mi madre lo miraba con cara de asco comer y tiraba el contenido de la olla cuando él no miraba. Apestaba toda la casa. Pero mi abuelo lo comía con ganas, ofreciéndonos. Mi madre jamás nos permitió aceptar una cucharada. Pero no hacía falta que nos lo prohibiera. Nuestro olfato y sentidos de autoprotección nos obligaban a rechazar cada ofrecimiento de mi abuelo.

Pero un soleado día de diciembre, cuando tenía 94 años, tras un largo paseo vino a casa a descansar. Cogió uno de sus libros en francés y se puso en calzoncillos a leer en el patio, al solecito. En Mallorca aunque haga sol y vayas en manga corta en diciembre, has de llevar una chaquetilla para cuando estás parado, porque el aire no es tan caliente como parece mientras estás caminando y cansándote.

Y ahí estaba él... sentado y empezando a incubar un constipado.

Y un constipado lleva a una gripe.

Y una gripe a una neumonía.

Y una neumonía, en un anciano de 94 años, aunque lleve una vida saludable, camine, haga gimnasia y no enferme casi nunca...
Pasó sus últimos días de vida en  un hospital. Agonizando sin poder respirar. Lo peor era verle en casa antes que lo ingresaran. Gritaba durante el día, por la noche. Tenía fiebres y mi padre tuvo que ponerle un candado a la ventana porque la abría de madrugada entre sudores y se ponía peor por la mañana tras coger todo el frío de la noche. Fueron unos días horribles.

Pero bueno, tuvo que ocurrir, desgraciadamente.

Lo que más me afectó era pensar en todos esos paseos en los que hablábamos que en el año dos mil iban a poner el euro. De las ganas que tenía de haber vivido un siglo entero y entrar no sólo en un nuevo siglo: sinó en un nuevo milenio. De oirlo hablar sobre cómo había avanzado la tecnología y cada vez más rápido. Seguro que ahora nos estaría llamando la atención, con sus casi 108 años, que estamos todo el día enganchados al móvil y el ordenador. Y fueron él y mi madre los que me engancharon a la lectura.

Qué tierno era...

.

11 comentarios:

ELI dijo...

Jolín Misa solo de leer esta entrada me ha dado una envidia tremenda y unas ganas enormes de conocer a ese abuelo que digo abuelo ........ super abuelo.
Que no se mueran nunca los abuelos cuenta_cuentos

Maeglin dijo...

El 12 de este mismo mes murió mi abuela manuela tras su tercer ictus y una convalecencia de casi 5 años. Tenía 91 y hasta los 87 era una maquina impresionante plena de salud. Con esta entrada me has hecho pensar y recordar mi propia línea vital con ella. Al terminar, luces y sombras ya contabilizadas, he sonreido asi que ha sido para bien. Siempre seguirá conmigo.

David Azcárate dijo...

Un artículo muy bonito… los abuelos siempre son especiales, se suelen entregar sin límites ni condiciones porque ya han vivido de todo y saben que el cariño verdadero es lo más valioso. Tuve mucha relación con el mío paterno, porque los otros apenas me dio tiempo a conocer, y suelen decirme que me parezco mucho a él en sus manías y costumbres.

… y que sepas que lo del cumple es tan cierto como que hoy es el día de mi sentencia, porque cumplo XX años y un día, jejeje Una compañera del trabajo me ha regalado un pack de chocolatines de importación de Brujas, porque sabe que también soy chocoadicto, así que este fin de semana me los zamparé a mi salud (y también a la tuya si quieres). Bssss

Iris Vivaldi dijo...

Que entrañable historia! Me hiciste recordar a los mios que hoy justamente fallecieron pero distinto año y te acuerdas de sus batallas de guerra.

Sigue recordandole como era,es verdad que no hay nada mas triste que un recuerdo feliz.Pero hay algo peor que eso?

Besos y achuchones!!

Pitt Tristán dijo...

Un texto muy personal, emotivo, melancólico pero feliz en el fondo, al que no hay nada que comentar. Solo lo hago por ese porcentaje de posibilidades de ligar que anuncias.
Besos.

Jill dijo...

Hay gente que al pasar por nuestras vidas dejan una huella muy honda, nos llegan hasta el alma.

Se nota que vuestro abuelo os quería un montón. T_T

Kurai dijo...

Esta entrada me ha puesto muy tierna ='(

Qué abuelo tan genial!

David Azcárate dijo...

mala noticia, cierra la tienda de la rosa negra de montera, curioso lugar de regalos, cosas eróticas y montañas de artículos divertidos, por impago a la seguridad social... pena de crisis. Está en liquidación, así que aprovecha si quieres pillarte algo en oferta de última hora. Besos

Misaoshi dijo...

Gracias por vuestros comentarios :)

David: tendré que echarle un vistazo cuando vuelva de Semana Santa >_<

Misaoshi dijo...

David: ya he ido y... >///< compré un montón de gilipolleces por 3€, todas para regalar xD

JuanRa Diablo dijo...

Te felicito por el relato y lo bien que lo has contado.
Lo de "plantar pinos", la prueba del billete de mil y los guisos apretujaos me parecen anécdotas geniales.
Normal que le recuerdes tanto :)