Seguidores de mis paranoias...

lunes, 23 de enero de 2012

En pleno postoperatorio

La operación salió bien, pero los dos días siguientes en casa estuve bastante mal.

Al despertarme al día siguiente, que me estaba meando mortalmente, me levanté lentamente de la cama, porque me dolía el oído y... de repente el suelo empezó a acercarse rápidamente hasta que me senté en la cama. Notaba como algo caliente iba mojando el interior de la oreja, tapada con esparadrapo y algodones hasta el fondo.

Me fui al baño lo más rápido que pude y, en pleno relax por la satisfacción del deshecho de orín de mi interior, noto como caían sobre mi pierna gotas de un líquido caliente. Al mirar mi pierna manchada con gotas de sangre y ver caer otra desde la cabeza, noto como ese líquido caliente está manchando mi cuello y llega al escote. Me limpio rápidamente todo, sangre y demás, y me levanto corriendo como puedo a ver si despierto a mi madre.

No hizo falta, porque al agarrarme a la puerta del baño para no caerme en plena fase "desmayo" mi madre se despertó.

Hablamos de las 6h a.m.




¿Por qué te has mareado? Ayer estabas bien.


Y tras escuchar esa frase de boca de tu madre, a la que aprecias, a la que consideras tu confidente, a la que estuvo contigo el día anterior y sabe perfectamente que no estás bien, que ayer te durmieron y te cosieron media oreja y te extirparon un puto quiste sumando puntos a la operación, te dan ganas de gritarle "PUES NO SÉ, MAMÁ, QUIZÁS SEA LA VISIÓN DE LA SANGRE CAYENDO DESDE MI OREJA POR LO QUE ME HICIERON AYER", y quizás se lo hubiera soltado, si no fuera porque no podía gritar, ni permanecer en pié.

Me tiré en el sofá porque no llegaba a la habitación y me quedé allí, desangrándome una media hora hasta que fui capaz de levantarme e ir a la habitación a fallecer en un mullido colchón tapada por dos edredones.

Me tiré todo el día entre cama y sofá, alimentándome a base de caldos y fruta del tiempo comida a mordisquitos muy pequeñitos, porque no podía abrir la boca ni masticar.

Y así estuve también el sábado y domingo en los que me digné a salir y pasear un poquito, que no podía estar más tiempo en casa. En modo "ralentí", siendo llamada "Misa a cámara lenta" o "con efectos retardados", moviéndome lo más lento posible para que no retumbara el oído, hablando lento, escuchando lento, comiendo lento. Ni cagar podía, oiga. Que había que hacer algo de fuerza y eso era demasiado.

El lunes fui al médico a que me quitaran los algodones sanguinolentos y el esparadrapo que me tenía la cara entumecida. La enfermera me tiró bien fuerte y rápido arrancándome pelos de la cabeza y depilándome los pelos de mi barba femenina y patillas, y entonces paró para avisarme:

- Ahora te voy a sacar todo el algodón... está muy profundo y es incómodo.

Incómodo. ¡¡¡INCÓMODO!!! 

¿¿¿INCÓMODO???

Cómo describir esa sensación de retirada que notaba salir desde la garganta.

Si ya cuando te metes un bastoncillo de la oreja y llegas un poco más allá te da cosquilleo e incluso arcadas si eres sensible (a mí me pasa... o pasaba, porque hace años que no lo hago porque me da ASCO), imagináos algo más gordo, más profundo, hasta el fondo del conducto auditivo, lleno de sangre, caliente, siendo retirado como si fuera un gusano acariciándote todo tu pabellón auditivo.

No dejaba de venírseme la imagen de una tenia siendo sacada por la boca, porque la sensación me llegaba a la garganta, pero por mi oído.

Arcadas.

Al finalizar pensé que me desmayaría, pero lo único que quería hacer era huir de ese lugar y no volver jamás, excepto para venir a buscar de trabajar a mi futuro marido, el enfermero, para ir a recoger juntos los niños cuando salieran del cole dentro de unos años.

Luego vino el médico a contarme lo que tenía que hacer y darme cita para el día 8 de febrero (casi un mes de baja), y que tenía que permanecer en Mallorca todo ese tiempo porque no sabría si podía someterme a la presión de un vuelo hasta que no viera la perforación perfectamente sellada.

Y a partir de ahí mi vida comenzó a ser más rápida. Los algodones no me presionaban el tímpano. Podía hablar y abrir la boca. La sensación era extraña (y lo sigue siendo diez días después de la operación), porque notas algo incómodo, sobretodo al toser, al estornudar y cuando vas en coche. Escuece de vez en cuando.

Llevo unas esponjas donde los puntos que supongo están para que no se infecten con la producción natural de la cera y demás bacterias que se producen en el oído. Y eso también es lo que me va a revisar en febrero. Que desaparecen solas.

Es increíble lo que ha hecho la medicina hasta ahora, que todo lo que te ponen va desapareciendo solo. Ya podrían inventar unos algodones así ¬¬, que desaparecieran sin dejar sensación ni rastro.

Y ahora sigo de baja, haciendo vida medio normal. Sin desfasar. Sin salir. Sin someterme a ruidos fuertes (ayer fui a ver los fuegos artificiales desde el Castillo de Bellver, bastante lejos, y me resentí un poco), y me he dado cuenta que en las subidas y bajadas e incluso cuando va muy rápido o en las curvas (mira qué tontería, una curva) cuando voy en un coche me hace mucha presión y me escuece. Así que bueno, lo de volar, por ahora: queda descartado, no necesito un médico que me lo firme.

Por cierto, me he constipado y cada vez que estornudo siento como unos duendecillos malignos pisotean mi herida y me desgarran uno a uno los puntos.

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4 comentarios:

apple dijo...

Me alegro que estés mejor, los post operatorio nunca nadie te los cuenta y son jodidos, pero menos mal que la mente es sabía y las olvida.

Doctora Anchoa dijo...

Pobre, vaya tela con el postoperatorio. Ahora a cuidarte y a acabar de curarte bien.

Pocas.Pecas dijo...

Me he mareado leyéndonte.
Creo que me voy a tumbar.

Maeglin dijo...

Si has podido escribirlo así de bien y de intenso es que lo tienes superado jejeje Ánimo con lo que queda, seguro que pronto, casi sin darte ni cuenta vuelven a abundar los post de desfase nocturno en tu blog.