En casi dos años de relación a distancia, he ido 66 veces a Ponferrada. A cinco horas el trayecto suponen 660 horas de autobús
(sin contar atascos ni las veces que he ido en tren que son 2 horas más por cada trayecto). Pongamos que he pasado en los últimos dos años 640 horas en autobuses de la compañía Alsa y 40 horas en trenes hoteles Renfe y regionales express en trayectos Madrid-Ponferrada i/v.
Tantas horas dan para muchos vecinos de asiento y ayer me tocó de vecino con lo último que me faltaba por soportar de las cosas que me ponen tensa o repugnan o me joden la existencia.
Antes de todo, os diré que siempre voy en ventanilla, aún sabiendo lo que ello conlleva
(el agobio si toca alguien "grande" o agobiante al lado) porque tengo que dejar de leer cada poco tiempo y despejarme, y si me mareo me apoyo en la ventana para coger el fresquito que deja. A veces me he salvado de vomitar gracias a la ventana fresca y las vistas y no arriesgo a ponerme en pasillo a no ser que no haya más remedio. Sí, me mareo en el autobús y la mayoría de las veces que llego a Ponferrada me tomo un ibuprofeno porque del mareo acabo con dolor de cabeza. Y viceversa con la vuelta a Madrid.
Os voy a hacer un breve resumen de los peores casos, algunos ya relatados anteriormente, que me he encontrado en el autobús camino de Ponferrada
(o volviendo) y de los mejores... empezaré con los mejores que han sido menos
(quizás, si preguntara a mi vecino más amenudo, tendría más historias que contar, pero prefiero leer, sinceramente):
LOS MEJORES:
- La
bella muchacha con la que hablé durante todo el trayecto e incluso me dió medio bocadillo.
- Un chico con el que hablamos de libros y me recomendó unos cuantos (... pero no me gustaron, de todas formas el chico era majo y me entretuvo)
- Una señora que me habló de todos los viajes que había hecho alrededor del Mundo. Me alegró el trayecto con anécdotas y la triste historia de su marido y su reciente viudedad y que seguía viajando con su hermana recordando al hombre de su vida.
- Una compañera de trabajo que subió en Astorga y de vez en cuando nos contábamos alguna cosilla, aunque estaba más atenta en el libro. Pero ahora cada vez que la veo por el edificio nos saludamos e intercambiamos alguna frase. Por lo que conllevó ese viaje digamos que lo pongo en "los mejores".
LOS PEORES (las cosas que más detesto las he vivido todas "gracias" al vecino de ayer):
- El anciano que huele a octava edad. Olía a muerto, joder. Le debían quedar dos días de vida a lo más tardar. Lo más seguro fuese a su destino a morir. Se le caía la cabeza hacia a mí y cuando yo tosía para despertarle se le caía hacia el pasillo y una vez tuve hasta que cogerle porque se cayó al pasillo el cuerpo también. Con todo lo que ello conllevaba: olí a viejo todo el fin de semana. Daba igual que me lavara, se me habia quedado ese olor dentro. Muy penetrante. Horroroso. Lo peor vino cuando le llamaron por teléfono. Resultó ser medio mudo o algo porque hablaba a gritos y así: E-TOY E-GAN-DOOOO, EEEEN A US-CA-R-ME-EEEEEEE y le daba más énfasis a su muerte inminente cada vez que jadeaba al terminar de decir una letra.
- La negra obesa que se tapaba con una manta rancia hasta la cabeza y comía patatillas mientras roncaba.
No me digáis cómo. Fue una noche de viernes que no sabía qué hacer y fui a la estación de autobuses con tal mala suerte que para el autobús de la madrugada sólo quedaba ese sitio libre
(la 2ª vez que fui a Ponferrada). Lo recuerdo porque pasé un viaje horrible. No podía dormir y cada vez que cabeceaba hacia el lado del pasillo, la negra obesa que ocupaba desde la ventana hasta la mitad de mi asiento bajo la manta, me daba un codazo o una patada mientras oía cómo roncaba bajo la apestosa manta. Entre ronquido y ronquido
(estaba envuelta hasta la cabeza, no se la veía) escuchaba cómo masticaba y cómo metía la mano en una bolsa de patatuelas. Era muy raro todo y casi todo el trayecto con la duda sobre lo que había allí debajo. Llegué a pensar que no era obesa, sinó que estaba embarazada, y que mientras ella dormía, el bebé sacaba la mano por la vagina y se comía las patatillas de su madre, y lo casi confirmé cuando llegamos a Ponferrada, se destapó y me miró mal con la bolsa vacía en la mano. Debe ser como mi madre, que come dormida, o su bebé no-nato, o no me lo explico.
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El niño que me vomitó en los pies y su versión 2.0 meses más tarde, que también me vomitó en los pies y encima la madre me miró mal cuando fui a lavarme al baño como echándome la culpa que el niño se mareara. Y una cosa que me da por culo mucho: ¿por qué cuando un niño vomita en el autobús la madre sigue dándole de comer? ¿No se dan cuenta de lo que están alimentando? ¡¡Son una puta bomba!!. La segunda vez que me vomitaron también hubo un 4x1 en cosas que detesto en un viaje: una mujer cantando gospel a todo volumen, un hombretón sudamericano de los del "youyou" que le gusta "vacilal" y un tío con los cascos a todo volumen. Porque a mí, si me ha de pasar algo, me tiene que pasar A LO GRANDE.
- El hombre desaliñado que huele a mendigo y no ha descubierto la importancia de la lavadora y el jabón, sin afeitar y haciendo nevar caspa por cejas, barba y cabeza a los de su alrededor. Fue muy horrible ese viaje. Superando con creces el olor a vomitado porque lo suyo no fue un accidente por encontrarse mal o el olor a muerte
(pobre señor que ya no debe estar entre nosotros), lo suyo era porque debía tener fantasmas en su baño
(como decía una chica del instituto que olía mal) y porque quién sabe, le debía gustar parecer más moreno con su roña. Recuerdo estar leyendo con los cascos quitados y me preguntó si se los podía dejar.
¿Dejárselos? ... ¿DEJÁRSELOS? ¿En serio pensó que se los dejaría? ¿Cuánto tiempo llevaba sin lavarse las orejas, por no decir el cuerpo entero? Estuve a punto de decirle que antes se los regalaría porque no me pondría nada que haya estado en contacto con ese cuerpo ya que no puede ser sano volver a tocarlo. Pero me guardé las palabras y le contesté sincera y educadamente:
"lo siento, pero me mareo cuando estoy mucho rato leyendo y para descansar escucho música mirando por la ventana" y cinco minutos más tarde dejé de leer hasta el final de trayecto escuchando hardcore y dejar de pensar en el olor que me venía de la derecha.
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Los sordos de los auriculares y la música a tope. De estos hay en cada trayecto. Lo único que unas veces les oyes más y otros menos, depende del asiento que estén sentados.
- La señora quejona. Diox, qué viaje me dio. Resulta que hubo un problema al juntar dos autobuses en los que iban pocos pasajeros y coincidían algunos asientos y el conductor avisó uno a uno según íbamos entrando: "
si cuando vaya a sentarse está ocupado, es por -esto- y busque un asiento vacío". Yo entré de las primeras así que no tuve problema. Vino mi tocaya de asiento y se sentó en un hueco vacío detrás e intercambiamos comentarios y risas. Pero luego vino una señora que empezó a gritarle a la de "
su asiento" que se levantara que era "
SU" sitio. Le explicamos, TODOS, que se sentara en un hueco vacío y ella "
NO, YO QUIERO ESTE" y la señora se levantó y le cedió el sitio para callar a la otra, pero... pero...¿QUÉ PASÓ? ¿Le iba a dejar ganar tan fácilmente? Después de estar 20 minutos discutiendo sobre que era su asiento y que la dejara a ella, cuando la otra cedió y se levantó, la mujer le dijo:
"ya no lo quiero". Pero cuando pasó eso ya estaba TODO el autobús ocupado menos el asiento de mi lado, y bueno, se sentó la señora. Me puse los cascos y no paraba de darme golpecitos para que escuchara sus insultos hacia la deleznable señora que no quiso cederle su asiento hasta el final, y que así se había vengado de ella, que no la iba a dejar ganar, esa guarra que no se quitó desde el primer momento, que cómo se atrevía, que por qué tal, la muy puta, ¿no sabía quién era ella? Y me ponía los cascos pero a los 10 minutos me volvía a dar golpecitos para que escuchara su retaíla de insultos hacia la otra mujer que sin duda, sabía la escuchaba. 5 horas. 5 HORAS.
¡¡¡5 HORAS!!!
- La grandullona del norte. A ésta sólo la aguanté durante una hora y cuarto porque subió en Benavente e iba a Lugo, pero de Benavente a Astorga tuve que soportar sus anchos brazos y anchas caderas en mi asiento. No era gorda, era GRANDE. Y no era alta, sólo GRANDE. Era mega ancha, super extraña. Hasta la cara era rara. Me sonreía en plan "
si me dices que mi brazo encima de tu barriga te molesta te parto en dos" y yo me arrejuntaba lo más próximo al cristal pero no podía pegarme más. Tenía TODO el brazo encima mía y en Astorga, por suerte bajaron los de detrás y le pedí que me dejara pasar. Me perdonó la vida con su mirada y me dejó ir de su prisión y pude acostarme y respirar a mis anchas los 45 min. que me quedaban de trayecto.
- Los del cuello de goma. Pluralizo porque los hay, y más de los que os podáis imaginar. No sé cuántas veces he hecho un movimiento brusco para despertarlos "
sin querer" porque sus cabezas rozan mi hombro y yo necesito mi espacio y el cristal no está tan lejos y no puedo separarme más.
- La pesadita del móvil. Llamando a todos los amigos y familiares del Mundo hablando de cosas sin importancia y de viajes que ha hecho hace 10 años para intentar dar envidia al compañero de viaje sin preguntarle si le importa o no. A la 5ª o 6ª llamada llamé a mi madre para decirle, bien alto, que estaba harta de mucha gente y quería volver a Mallorca, porque los dos años que estuve viviendo en EEUU fueron los mejores de mi vida pero que el neocelandés con el que estuve y me llevó de vacaciones a Tailandia, China, Japón y media asia más y a Nueva Zelanda a conocer a su familia me había hecho mucho daño y no había nada mejor que la isla donde me crié y esperaba morir. La tía dejó de llamar y pude comprobar que sólo lo hacía para "lucir" vida. No llamé a mi madre, sólo puse el teléfono en modo "vuelo" por si acaso me llamaban y daba de vez en cuando al botón rojo para que se encendiera la luz y pareciera que estaba funcionando. También hago eso en el autobús o metro en Madrid o en la calle, sobretodo por las noches cuando me siento observada y perseguida y digo cosas como: ya voy para allá, voy por la calle tal, sí, el día genial y cosas así.
- Y finalizo con el que ayer llenó mi cupo de cosas que detesto en un compañero de viaje: el hombre del tic en la pierna. No hace falta que diga más. Ya bufaba tras 2 horas de meneo constante. Me separaba. Nuestras piernas no se tocaban pero el tío estaba tan abierto de piernas que tocaba mi sillón y lo movía todo. Se lo dejé bien claro por qué bufaba porque lo hacía mirando hacia su pierna todo el rato, pero creo que debía ser nervioso chungo porque creo que no podía pararlo.
Y bueno, hasta aquí mis experiencias en el autobús. Quizás el de la llamada a mi madre no dije tantos países, y no recuerdo la historia al 100%, pero sí cómo vacilé a la chica y dejó de hacerlo. Lo que no entiendo por qué me atrevo a hablar sola montándome mis historias y luego no puedo decirle a la persona que me molesta la música tan alta, su tic, su olor, su cuerpo ocupando medio sillón mío, etcétera, para terminar antes.
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