La primera vez que indirectamente hablé con ella fue la primera vez que a su hijo se le rompió un preservativo en plena acción y se
flushflush dentro mía.
Entonces llamó a su madre, que trabaja en un hospital, y le preguntó dónde teníamos que ir para que me dieran la píldora postcoital. Hasta ahí todo bien, la conseguimos y yo no me quedé embarazada.
Por aquél entonces, él y yo ya vivíamos juntos en Madrid. Sus padres sabían que vivía con una chica, pero no sabían cual de las tres era:
- La chica que vivía en Madrid.
- La chica de Mallorca.
- La secretaria.
Él les había hablado de mí, pero en un término distinto cada fin de semana que quedábamos, y me parece que sus padres debían pensar que su hijo era un truhán...
Un fin de semana de diciembre me llevó a casa de sus padres por primera vez.
Eran +ó- las 3h a.m. cuando su padre vino a recogernos para llevarnos a su casa. Estaba su madre despierta esperando, supongo, impaciente a ver a qué chica le llevaba a casa. Por una vez que traía a una chica vamos a esperarla por muy tarde que llegue, ¿no?
Fue un "hola", "soy María", "sí sí", "bien bien", "buenas noches" y "hasta mañana".
Resulta que casualmente al día siguiente tenían cena familiar... y la tímida de María (léase Misaoshi) le daba mucha vergüenza conocer a sus padres, como para conocer de golpe a abuelos, tíos, primos y padres, claro, porque sólo les había dado las buenas noches.
Al día siguiente a la hora de comer, empezaron las preguntas:
- ¿De dónde eres?
- De Mallorca.
- ¡Ah! Y has venido de Mallorca...
- No, trabajo en Madrid.
- ¡Ah! ¿De qué?
- Soy secretaria.
Creo que ahí fue donde ataron todos los cabos y las tres guarrillas que se tiraban a su hijo se convirtieron en una chica de relación seria y formal... y su hijo no era el truhán que ellos se imaginaron.
Ella estaba cocinando y no paraba de hablar balanceando el cuchillo amenazantemente de un lado a otro mientras hablaba con nosotros. Hasta que se habló del tiempo:
- Allí nevó el otro día, pero poco.
- Allí nevó, pero otro tipo de nieve, ¿verdad? Ya sabes qué tipo de nieve. Y estas cosas deberíais tener cuidado porque ya sabes qué pasa - de repente me mira y, señalándome con el cuchillo, me suelta: -
- Y a tí no te digo nada porque todavía no tengo confianza.

Y que no era un cuchillo pequeño. Era un cuchillo de carnicero, de estos grandes hiper anchos de un palmo por dos de largo, recién afilado... y su tono de voz tampoco era amistoso.
Se ve que le jodió la "nevada" interna (el
flushflush) y vamos, que no sabía cómo decirnos que si hacía falta, se pusiera dos ó tres condones. Vaya manera de sacar el tema, joder.
Y llegó la noche. La tan esperada noche. La noche en que Misaoshi habría estado super feliz en Madrid con los gatos esperando unos días que llegara su churri del norte.
Resulta que su tía estaba embarazada de 8 meses y todavía no se decidía por el nombre de la niña. Dijo que quería ponerle Noelia pero que no sabía si ponerle otro. Entonces, en vez de ofrecerle nombres para ponerle, le decían nombres que JAMÁS debería ni pensarlos para un hijo:
- Bárbara. Bárbara es demasiado... no, Bárbara no.
- Débora. Es nombre de putilla, jajajajaja.
- Ni Socorro, ni Angustias ni nada de eso.
- Ni Jennifer, que luego le llaman "la Jenny".
- ¿Verónica? ... no me gusta, también sería "la Vero".
- Ni ...
Y llegó mi turno:
- Ni Virginia, que es nombre de guarra.
Silencio. Risas de "un par". Carcajadas, mejor dicho.
Odiaba a una Virginia del instituto porque era una guarra y asocio ese nombre a ser todo lo contrario de "Virgen" = "Putón berbenero".
Se dejó de hablar del tema. Pocos me dirigían la palabra ya y había como algo de tensión. Sergio me dijo que me fuera con él pero yo pensé que era para ir ya a la estación, que salía el autobús a las 00.30h.
Semanas más tarde, cuando fui a su casa por segunda vez (tardé bastante en volver porque la experiencia fue bastante vergonzosa), me enteré que su madre se llama Virginia. Y en la primera cena familiar voy y le llamo GUARRA.
Di una clase magistral sobre cómo perder la confianza con la suegra en una noche con una sola frase.
Desde ese día me daba más vergüenza que nunca ir a su casa y me costó mucho hablar con su madre. Me decía cosas y yo sólo decía sí o no. A su padre creo que le hacía gracia porque cada vez que había silencios él se reía solo.
De ahí hasta que cogí confianza como para coger un vaso sin permiso, pasó bastante tiempo. Y me costó mucho, puesto yo me despierto temprano y molesto a Sergio porque me muevo mucho cuando no puedo dormir más, y tenía que esperar, con el hambre de querer desayunar pero no poder porque estaba su madre en la cocina, mucho tiempo. O despertar a Sergio y decirle: tengo hambre pero está tu madre abajo y me da vergüenza.
Sí, hasta que inevitablemente empecé a ir casi cada fin de semana porque Sergio tuvo que volver tras que le despidieran en el curro de Madrid, y no me quedaba otra que verla de jueves a domingo y vivir en su casa esos días, no hablábamos mucho.
Pero bueno, eso ya es agua pasada y la veo como una segunda madre, además que se preocupa por mí y tiene detalles que me hacen sentir como una más de la familia. Simplemente empezamos con mal pié (por mi culpa, claro).
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